Cotidianidades

- Resulta curiosa tu manera de coger el periódico.

Marcelo levanta la vista para mirar a su mujer.

- ¿Rara? - le responde escéptico.

- Si, rara. Bueno, puede que esa no sea la palabra, pero es como si llevaras unos guantes de látex. Lo agarras como si toda la mala bilis que el periódico contiene te pudiera contaminar.
- Ángela… deberías encauzar toda tu expresividad en algo más que en descolocarme por las mañanas. Veo que tus clases de taichí han abierto tu hambre creativa, no la derroches con un mendrugo como yo… lo cojo así principalmente para que mis dedos no se manchen mucho de tinta, que ya sabes que los diarios destiñen. Puede que sea bilis, quién sabe.

Ángela suelta una sonora carcajada desde el otro lado de la pequeña mesa de la cocina, casi se le cae el café con leche que estaba tomando. Deja la taza en la mesa, sobre el mantel de cuadros y cerezas, se levanta y se acerca a Marcelo

- Tienes razón, debo desgastar o rentabilizar mi creatividad en otro sitio, no puedes ser tú siempre el centro de mi atención.

Besa su boca con los labios medio abiertos desconcertando una vez más a Marcelo

- Que tengas un buen día cariño, voy a vestirme.

- Ese beso… ay Ángela, que miedo me das a veces y cómo me gusta.

Ángela va por el pasillo riéndose de la ocurrencia de su marido. Una vez en la habitación, se mira en el espejo con marco de madera que está sobre la cómoda. Mantiene la sonrisa y menea alegremente la cabeza. Suspira.

- ¡Bueno! Habrá que hacer algo por vosotras ¡jodidas ojeras!

Comienza a maquillarse y mientras enciende la radio. Es una manía que siempre ha tenido, escuchar la radio por las mañanas. Desde que se casó con Marcelo ese “ruido” no la despierta por las mañanas, ya no escucha la radio por respeto hacia él que, dice, odia que las malas noticias entren en su sueño a una hora tan peligrosa, cuando el subconsciente está indefenso. “Claro que prefiere que le tiñan los dedos las opiniones de los “sabios” del país” piensa Ángela.

Se termina de vestir el uniforme azul del trabajo y echa un último vistazo a su persona en el espejo.

- Otros días hago mejor trabajo pero…

Una mueca divertida le despide del espejo.

Sale de la habitación. El aroma de café recién hecho llega a su nariz.

- ¡2 cafés seguidos es suficiente! – le grita desde el umbral de la puerta de la casa.

Marcelo detiene la taza en sus labios y emite un suspiro de resignación pensando que su mujer le conoce demasiado bien.

“¿Soy tan previsible?... quizás si…. Pues hoy… ¡me tomo 3 cafés!”

Recuerdos y surrealismo

Cuando regreso a la casa de mis padres abro una caja de recuerdos, de olores, de situaciones que me trastocan siempre. Decidí irme hace muchos años pero, cuando regreso, todo lo que veo y huelo he sido y soy yo. El pijama con el que duermo, las sábanas blancas, impolutas, de algodón que huelen a suavizante, los armarios perfectamente ordenados, las toallas con un toque áspero que me encanta, esas cenefas en las baldas, los centros de flores secas, las fotos y cuadros de santos, el punto de cruz, el orden, la pulcritud, el cariño y el amor no dicho, el te queremos en paquetes de comida que me llevo…

Es un lugar al que ya no pertenezco y que es muy diferente a mi, pero cuando llego recoloco mis huesecillos en el sitio que me tienen guardado. No pertenezco pero me reconozco.

Hay muchas cosas que recuerdo pero sobre todo recuerdo un cuadro que ya no está. Fue un regalo que le hizo una amiga a mi madre, un cuadro “perpetrado” con sus propias manos pero desde el cariño.

El tamaño, sin meternos en medidas, era como los que nuestras tías y abuelas tienen en el salón; de la misma anchura del sofá. Enorme, un poco desproporcionado para los salones que se gastaban en la época. Mi madre lo tenía colocado a la subida de las escaleras.

Normalmente estos cuadros representan una cacería, o una casa junto a un lago. Siempre tienen ciervos saltando sobre un tronco caído, un perro blanco con manchas marrones. El de mis padres no. Era totalmente diferente. El cuadro de mis padres era, también, horroroso, más incluso que el de los ciervos.

Era horrible pero le guardo mucho cariño, tanto que, cuando mi madre decidió guardarlo (creo que le dio el “paseo”), le hice unas fotos para que mis nietos y sobrinos me creyeran cuando se lo describiese.

Representa una mezcla insólita de seres irreales, casi mitológicos que poblaron mi mente durante años y que aún ahora provocan mi sonrisa.

En el centro y llenando casi todo el cuadro un río con aguas turbulentas o quizá sea un lago con diferentes tonalidades de blancos y azules. Lo rodean unas colinas de verdes fuertes y suaves (¿quizá sean pinos?).
En la parte superior, entre dos de estas colinas y de tamaño poco creíble surge una casa que deduzco es un molino extraño. De la perfecta rueda de molino que parece la esfera de un reloj Swatch con cadena y todo, sale un chorro de agua que puede sea el que llene ese río.

Sobre las aguas, sobr
evuela un ave enorme con pelaje gris, blanco y marrón a bandas. Se supone que va a tomar tierra o planea reconociendo su territorio. Su enorme ojo nos observa.

En el agua saltan dos peces imposibles. Parecen salmonetes diabólicos con lengua viperina. Está el gordo y el flaco. Cerca de ellos una barca y sobre ella 3 personajes que siempre pensé eran 2 monjas y un torero. El torero navega por las aguas con una pértiga. Están tranquilos, prueba de ello es que una de las monjas osa meter la mano en el agua, cerca del salmonete diabólico más cercano y gordo.

En la parte derecha del cua
dro, se concentran otras naturalezas no menos increíbles que las narradas presididos por un pájaro con dos cabezas, mastodóntico, que mira con ojos golosos a la barca, torero y monjas incluidas y al pez que salta en el agua feliz de ser tan feo. La otra cabeza del mismo pájaro mira de una manera pícara y coqueta al espectador que a estas alturas está bajo los efectos de una sorpresa supina.

A su lado, de un tamaño más pequeño, ridículo diría yo, una típica estampa vasca; un caserío blanco, tejado encarnado, chimenea, su montón de paja tras de sí y acompañado de una hilera de … ¡palmeras!. Efectivamente, todo muy autóctono.

Para rematar tamaña
bacanal creativa, hay un elemento que me descolocaba del todo aun consiguiendo entender el resto del cuadro. Un supuesto árbol coronado por un ser que puede ser una cabra o un caballo panzudo. A estas alturas de mi vida no he podido deducir qué es y qué coño pinta, sea lo que sea, comiendo sobre un árbol.

Con esta descripción de naturaleza caótica al óleo pintada sobre tabla, he entendido muchas cosas de mi infancia y otras que me acompañan hasta ahora. ¿De aquí habré sacado mi manía de analizar todo lo extraño que veo y me asalta día a día?

Todo este caos creativo tiene su explicación. Según mi madre, la razón para este sinsentido era que su amiga lo fue sacando de diferentes estampas de cojines. Y es que hay cojines que tienen delito.

Este adefesio forma parte de mí y de mi familia aunque no lo queramos. Fue una muestra de amistad y eso le quita todo lo de pesadilla y fealdad que pueda tener. Creo que todos tenemos en nuestro recuerdo algún elemento que nos haya avergonzado en el pasado, que incluso persevere en la casa de nuestros padres y que, mal que nos pese, forma parte de nosotros.

Puede que penséis que todo e
sto que os he contado sea falso, que tengo una imaginación extraña. Para que me creáis os adjunto foto (realmente mal hecha) del cuadro que forma parte de mi. Espero que no tengáis pesadillas.

Creo que Iker Jiménez podría sacar mucha tajada de esta obra de arte.


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