Hoy cumplo 36 años

Gracias, gracias, gracias

30.01.07
Hoy cumplo 36 años y me apetece decirlo. Lo sé, suena fatal ¿no?

Eso es, ya escucho entre vosotros voces que dicen que no, que suena genial, que no los aparento, que estoy estupenda, y... tengo que daros la razón. "Estoy estupenda, es mi mejor edad" me lo voy diciendo los últimos años, por eso que dicen que cuanto más repites una afirmación más cierta se hace.
Por favor, repetir en plan mantra “Merche está estupenda” veinte veces para ver si mañana me miro al espejo y noto la diferencia.

Hoy cumplo 36 años y he hecho muchas cosas pero me quedan muchas más por hacer.

Hoy cumplo 36 años y ¿soy feliz? Nooooo, no soy tan inconsciente. Sí, tengo 36 años y hoy ha sido un buen día pero no puedo dejar mi lado catastrofista, negativo, asustadizo que forma parte de mi esencia. Pero es que hoy cumplo 36 años y no tengo razón por la que no celebrarlo.

Tengo una sensación extraña y es que últimamente no he hecho más que abrir puertas. Nuevos lugares, personas, actividades, locuras, sentimientos, mis amigos de siempre y la manera diferente de mirarnos, mis nuevos amigos y las formas de irnos conociendo... Aunque también me he dedicado a cerrar otras e incluso algunas se me han cerrado de golpe achatándome las narices.

Y no sé, hoy cumplo 36 años y lo que me apetece es dar las gracias. Dar las gracias a mucha gente que durante este tiempo ha ido construyéndome, ayudando a darme cuenta de lo que soy, que me recuerda quien soy cada poco, que hace que no me olvide de adonde, al menos, no quiero ir. Hago continuamente el ejercicio de, para no olvidarme, empezar a recordarme.

Y ahí es donde estáis todos los que me conocéis y, sin embargo, me queréis. Los que me tenéis en cuenta, los que me escucháis, los que me leéis, los que -incluso- me criticáis. Gracias.

Y también están todas esas personas que he conocido durante todos estos 36 años (¿lo he dicho? ¡Hoy cumplo 36 años!) y que no sabéis dónde os habéis metido. Gracias.

Y los que aún me quedan por conocer...
Hoy cumplo 36 años... ¡Y la de cañas/vinos que me quedan por disfrutar!
Besos para tod@s (aunque no sea muy besucona, hoy me dejo)
Merche

Mujer de negro

Las olas de su vestido negro
acariciaban sus tobillos
mientras avanzaba
por el pasillo solitario .

Pasos decididos
que sonaban a sentencia.

Alisó su ropa de domingo,
tensó sus brazos,
cerró los ojos.
Unos segundos
sus manos aferradas a la manivela.
Aspira el olor
a futuro incierto
abre la puerta
hacia su nueva vida.

La luz de su nueva verdad
pareció cegarla un momento
como si quisiera asustarla.
Pero ella prefería
la inconstancia de la luz
a la transparencia
de la mentira.

Yo nunca

Yo nunca
he visto un color auténtico
Yo nunca
he sentido el levante
Yo nunca
soñé con grandes logros
Yo nunca viví
como si fuera
el último día de mi vida

Transporto mi cuerpo
por las calles, dejo a mi mente
volar
allá donde nunca estuve
imaginar
lo que nunca hice
soñar
lo que no sé si existe

Mis oídos escuchan
historias que son mías
mis ojos ven
otras miradas que interrogan
mis brazos abarcan
la promesa de tu espacio.


Era tarde
se levantó de la mesa
con todas sus soledades
y cerrando los ojos
deseó no estar allí.
Como el viento acaricia
el mármol frío
sintiendo cada molécula,
así recorría su deseo
el interior de su piel

Abrió los ojos.
Nada había cambiado.

Primer Asalto



Avanzo
con ganas de llegar al límite
si es que existe
en alguno de tus huecos.

Vas más allá
de donde quieres,
de donde imaginas.
Caminas hasta donde no conoces
para avisar de lo que no ves

Tu mirada esquiva
es abrasadora,
llena de ansia
por conocer, por descubrir.

Buscas la sorpresa,
sopesar conocimientos
Bailas al juego del engaño
con una sinceridad abrumadora

Un globo, un espía, un halcón
superioridad estudiada
calma aparente

Ya dijo alguien
en algún momento,
Una mirada inquisitiva
descubre los rincones ocultos.

Amor, amor, sencillo amor

La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes

Recitaba a Silvio Rodríguez mientras escuchaba el mp3 de su nieto puesto a todo trapo. Qué palabras tan ciertas esas. Su sonrisa se nublaba cuando escuchaba esta canción y sus ojos añoraban aquella locura tan tierna y sensual que afloraba. ¡Si sus nietos supieran! Manuel, el más adolescente y revoltoso nieto le había puesto los cascos de este aparatillo tan increíble para que escuchara esta canción, para él, tan antigua


- ¡Silvio Rodríguez! – gritó la abuela para escucharse.

El nieto se sorprendió de que lo conociera. Con su camiseta de Che comprada en el Corte Inglés hace una semana, su palestino en el cuello, el pendiente en la oreja, el trasquilado de pelo… un esteriotipo de revolucionario por hormonas abrió más los ojos cuando escuchó a su abuela cantar esta canción descubierta por él entre los cds de sus padres y más cuando su abuela lloraba y reía mientras seguía cantando.

Martina soñaba, recreaba, imaginaba el momento de amor, ternura y pasión que Roberto le hizo desenterrar en su clase de literatura de la escuela para adultos. Roberto, profesor cincuentón, exdirectivo de una gran empresa que prescindió de sus servicios en la última regulación de empleo, y que encontró su vocación tardía en la enseñanza.

Martina descubrió, gracias a lo que le enseñó en sus clases, una pasión dormida. Siempre creyó que no le gustaba leer pero el caso es que no leía por su dificultad a hacerlo, su lentitud la retraía. Roberto descubrió en Martina un ansia increíble por aprender, por recuperar todo aquello que desconocía así como su dificultad en la lectura y decidió ayudarla. Quizá por su vena de buen samaritano, quizá por los ojos verdes de Martina.

Empezó dándole libros infantiles, con sus letras grandes, dibujos simples, colores chillones pero la mirada de reproche de Martina le hizo buscar otra solución para facilitarle el aprendizaje. Su mirada y también su conversación. Era una mujer luchadora y dinámica, de fuertes convicciones que no sabía muy bien de donde salían pero que arrollaban por su contundencia.

- Ya le digo a mi hija, ¡ay que ver lo que ha cambiado el mundo! A mi me pillaba a tu edad y casándome… no… yo un pendón desorejao iba a ser. Tanto pudor, tanta vergüenza, tanta ¡leche!. ¡A vivir, a disfrutar debían habernos enseñado nuestros padres y no a ser buenas y mojigatas amas de casa! Total, a eso una aprende sola. A ser ama de casa quiero decir – terminaba Martina con un guiño.

Roberto sonreía al oírla, apuntaba en su mente todas sus frases y ocurrencias y deseaba que la hora de clase no acabara, intentaba alargar los cafés que las madres traían para sus recreos, quería mantener la vista en los ojos de Martina, empaparse de su sapiencia, de su desparpajo y simpatía. “Si tuviera unos años más…” se descubría pensando e incluso se ruborizaba por ello.

- Martina, vamos a hacer un experimento contigo. Creo que avanzaremos mucho más que con los libros para niños que te he dejado.

- Si, por favor, porque en una de estas me corto las venas con el canto del “Osito Valentín”

Saca un Compact Disc, un disco, una serie de folios con versos y los coloca delante de Martina. Le explica que la música, las canciones son poesía, que la poesía es la mejor herramienta para transmitir sentimiento, conocimiento, deseo y que cree que Martina es la mejor persona para recibir todo esto; que leyendo mientras escucha al cantautor que le va a poner va a colocarla en otros lugares pero con las mismas realidades de amor y desamor, de injusticia, dolor, alegría y sencillez que tenemos todos. Le recomienda que luego, una vez en casa, sin la música, lea en voz alta los poemas que ha escuchado, y le asegura que así su fluidez a la hora de leer va a ser cada vez mejor.

Martina se pone los cascos, escucha atenta primero, leyendo con dificultad las letras después, y descubriendo poco a poco un hilo de afinidad con lo que escucha. Va entendiendo la letra, rememorando momentos de su vida que creyó olvidados.

Así, con la canción de “Planetas” de un chico llamado Paco Bello, y sus versos “tus ojos son tan grandes / que nunca se hace tarde” recuerda a Evaristo y a sus 18 años, el embelesamiento de uno por el otro, la inocencia y la sencillez de ese amor, el primer amor de verdad.

Evaristo desapareció con la canción de “No sabes cuanto te he querido”, “Has cambiado mi forma de mirar, / has cambiado el sentido de las calles”, Martina intentaba no llorar mientras la escuchaba y soñaba los paseos por Madrid con Julián, agarrados tímidamente de la mano, ese hombre que bien pudo ser su marido y haberla hecho tan feliz, que la amaba tanto y que la jodida muerte se llevó tan pronto.

Tantos sentimientos, tantas historias pasadas que llegaban a darle la bienvenida de nuevo con estas canciones nuevas para ella.

Roberto miraba embelesado el sentimiento que transmitían esos ojos verdes y se dio por satisfecho al dar la oportunidad a los poetas de guitarra a pertenecer a ese torrente de sentimientos que era Martina, aunque en el fondo lo que deseaba era poder pertenecer al sentimiento de esa mujer, ser el verso que resumiera lo que sentía por ella.

******
El nieto miraba absorto a su abuela llorar y Martina enjugaba sus lágrimas al escuchar de nuevo el verso

La cobardía es asunto de los Hombres no de los amantes

los amores cobardes no llegan a amores ni a historias se quedan allí

ni el recuerdo los puede salvar ni el mejor orador conjugar.

mientras recordaba los ojos pardos de Roberto y se daba cuenta que eran los del hombre protagonista de ese verso.

 

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