A mal tiempo buena cara, eso dice la sabiduría popular ¿no? Alguna vez hay que hacer caso a los dichos de los abuelos así que ayer ni corta ni perezosa decidí, por fin, ir a la peluquería.
Los cambios de look no ayudan a digerir la vida pero bueno, te hacen afrontarla con un nuevo color o corte de pelo que algo hará, digo yo.
En el campo de las peluquerías confieso que no soy fiel, quizá tenga querencia por una u otra pero siempre hay un día en que les pongo los cuernos con alguna cadena corte estándar que me deja apañada por unos pocos eurillos. Eso cuando entro, que me cuesta meses de pelo anárquico y lacio y puntas cada vez más abiertas dicho sea de paso.
Ayer resolví regresar a la peluquería de mi barrio. Hacía mucho que no entraba, exactamente unos dos años según me informó la peluquera. Sabía que el local cambiaba de nombre pero no que lo hacía de decoración. Me encontré con un espacio minimalista con paredes altas pintadas con una especie estucado de “aquí vamos a hacer unos circulitos y en esta nos limpiamos las manos con arte”.
Según llegué me recibieron con sonrisas, me quitaron la chaqueta y me dieron una bata negra corte japonés acorde con el hilo musical. Nada de M80 o KissFM. Ahí ya me quedé un poco parada ante tanta atención y detalle, pero una vez dentro ya no había vuelta atrás
Me atendieron enseguida preguntándome qué es lo que me quería hacer “¿Puedo elegir? Pues quisiera la cara y el pelo de Jennifer Aniston –pensé- que ya sé que en cuanto a cuerpo no hacen milagros” pero me dejé de chorradas interiores para decirle que quería teñirme y cortarme el pelo.
Con esa frase fui lo suficientemente concisa y clara porque a los cinco minutos ya tenía a la empleada con el mejunje espeso preparado (¡qué eficiencia madre!) y dejándome con un recogido pastoso frente al espejo.
A las mujeres pocas cosas les pueden dar vergüenza a estas alturas ¿no creéis? No hay cosa más espeluznante que ver a una mujer con los rulos, o con el tinte y, lo que es peor, ¡con las mechas! Que estás tu toda mona con el pelo estropajoso y lleno de papel de plata. Y si ya te ponen bajo esos aparatos como radiadores de barra (Infrazon Trak parece que se llama ¿?¿?¿?) como un pollo en el asador… lo que digo, muy mona.
La cosa ya no es solo eso, si no que últimamente toda peluquería que se precie de moderna, tiene unas enormes cristaleras que dan a esa calle bien situada, tan bien situada que no deja de pasar gente. Que digo yo que ya podrían ser cristales tintados como los que les ponen a los políticos en los coches. Que bastante tiene una que sufrir como para que encima seas el hazmerreír de los transeúntes. Más que una peluquería debería llamarse la tienda de los horrores.
Menos mal que esa moda de escaparate no se lleva en los centros de esteticien que no me extrañaría, total ¿qué más da? Si te ven con un cardado ¿porqué no te van a poder ver haciéndote las ingles?
Mientras pensaba eso, el tinte picaba como un demonio, de esos picores irritantes y molestos con el agravante de que no te puedes rascar a gusto. Ya podrían darte una aguja de hacer punto para poder aliviarte un poco. Aunque claro, queda un poco mal frente a los transeúntes…
La peluquera, que era muy simpática pero que la hacía mejor en un puesto de venta de verduras que en un sitio tan fino, me ofreció por este orden: ¿Un café? No gracias, ¿un zumo? No gracias, ¿Una revista si verdad? No gracias. Se alejó con esa cara que decía “que no se me note que esta tía me parece muy rara”. Solo me apetecía ver pasar el tiempo mientras los picores me mataban, además cuando veo revistas del corazón solo me suenan las recetas del Arguiñano.
El caso es que, a partir de ese momento en mi cabeza comenzó a oírse un ruidito que me costó reconocer. Sonido que volvió a regresar y que identifiqué cuando otra de las peluqueras se acercó y me ofreció de nuevo: ¿Un café? (ruido de caja registradora) No gracias, ¿Un zumo? (ruido de caja registradora) no gracias, ¿Una revista? (ruido de caja registradora) No gracias.
Tenía mi tarjeta de crédito, no había problema pero sabía que la decisión de cambiar de look para encarar los nuevos tiempos me iba a salir un poco cara.
Estaba arrepintiéndome para mis adentros de no haber consultado antes los precios cuando, esta vez, el dueño de la peluquería se acercó con una gran sonrisa y volvió a ofrecerme la amplia carta gastronomico-lúdica de la peluquería. Mi abuelo siempre me enseñó que cuando te ofrecen algo debes negarte 2 veces y a la tercera decir que sí, así que me pedí un cafelitoconlechegracias.
Un rato después, largo os lo puedo asegurar, la peluquera que me estaba atendiendo pensó que ya tenía suficiente suplicio y me llevó hacia las lavacabezas, potro de tortura donde los haya. No me digáis que no, por muy repantigada que te pongas con lo poco fino que es eso, siempre te clavas el lavabo en la nuca.
Me estaba colocando para evitar la contractura y sentí que mis pies se alzaban quedándome medio tumbada. ¡Qué sorpresa! ¡¡Un asiento reclinable!! (ruido de caja registradora). Bueno, era un puntazo, la primera vez que estaba cómoda en un lavacabezas.
El ritual para lavar la cabeza merece un capítulo aparte. Es el momento estrella de la peluquería, donde las trabajadoras se dedican a conciencia. Aplican el champú y comienzan a frotar tu cuero cabelludo como si les fuera la vida en ello. A mi me venía genial por los picores que os comentaba pero no sé como lo hacen que siempre frotan justo alrededor de la zona donde más te pica, como cuando le pido a mi madre que me rasque la espalda “ahí no, mamá, un poco más arriba, no, a la derecha, no tantoooo, un poco más abajo siiiiiiiiii ahíiiiiiii ahiiiiiiiiii!”.
Efectivamente, donde estaba, esas indicaciones no eran procedentes.
Así que me abandoné a las sensaciones del frota frota y del súpermasaje que me regaló esa bendita mujer. Cerré los ojos y disfruté del momento tanto que a la pregunta de "¿Le echo mascarilla especial para pelo teñido con aceite de Aloe y hierbas del campo de Zambia?" No pude negarme (ruido de caja registradora).
Entendía perfectamente a Isabel Presley, estos momentos son regalos para los sentidos,. Ya ves lo probe que es una que se conforma con unos masajitos y mimos en la cabeza por un quítame de ahí esos euros.
El resto os podéis imaginar, mi pelo cortado cayendo a diestro y siniestro, pequeños pelillos pegados a la cara y el cuello (con sus futuros picores pronosticados), el secador de pelo y el rodillo; tirar y alisar, tirar y alisar mientras ejercitas los músculos del cuello para que la cabeza no vaya detrás del rodillo… vamos lo normal.
Muy bien, habían pasado dos horas de todo tipo de sensaciones y el resultado era aceptable, el espejo me devolvía una imagen maqueada. Cuando me iba a levantar a abonar el resultado de tanto sonidito mental me dijo “Espere un momento por favor” (debo ir más a la peluquería porque todo me pilla de sorpresa). Regresó al rato con maquillaje que yo pensé “¿me está queriendo decir que estas ojeras y cara pálida no va con el peinado o que necesito tapa poros como el comer?” pero ya me había rendido a los encantos de la belleza y le dejé hacer.
Monísima de la muerte si… lo veía en la cara de satisfacción de mi peluquera así que con el caminar de una mujer un poco más guapa me acerqué a la caja a abonar esas dos horas de sesión un tanto masoquista.
No, no voy a decir lo que me costó, es poco elegante. Solo diré que ahora entiendo porqué mis incursiones en esa peluquería son cada dos años...