Sí, esta soy yo en el primer día del año en el que cumplo cincuenta
y cinco y decido como buen propósito que ya es momento de aceptar que lo que te devuelve la cámara
eres tú.
Nunca me gusto en las fotos que, en teoría, son reflejo de
algo que eres, pero que no pareces, como cuando el espejo te devuelve a las seis
de la mañana ese reflejo que te pertenece y por el que no das crédito.
Después de cincuenta y cinco vueltas al sol, después de las
hostias vitales y del trabajo propio por el que una se limpia de basura los interiores
y ventila, decido reconocerlo, soy esta mujer con más arrugas, ojeras, kilos,
sarcasmo (mucho más), ausencias, buenos quereres, silencios, soledades y
treguas entre otras muchas cosas.
De pequeña, desde que recuerdo, mi deseo era ser mayor. Quise siempre crecer, salir de ese cuerpecillo de niña o adolescente y volar donde fuera. “¿Qué es lo que quieres ser de mayor?” me preguntaba y me respondía “Eso, mayor”.
Y ya lo soy.
Soy una mujer mayor reconciliada en parte con esa niña y
esa adolescente que tenía prisa por madurar. Quizá con la esperanza de que
madurar te revistiera del superpoder de superarlo todo. Y no… no te lo da, aunque
sí que pieza a pieza te da herramientas para sobrevivir sin que duela tanto.
El caso es que cumplo 55 años y como he oído a Manuel Vicent
en la radio “La vida es una idiotez”, una gilipollez que consiste, en mi caso, en
dar 55 vueltas al sol cuando la tierra lleva miles y miles y miles de millones rodeándolo.
Entonces, ¿qué son estos 55 años en la totalidad de la
existencia? Efectivamente, una gilipollez.
Ahora eso sí, de los años de gilipollez que me quedan, espero
que sean en su mayoría buenas gilipolleces, de las suaves, tranquilas y
satisfactorias.
Por pedir…

No hay comentarios:
Publicar un comentario