
Está en el mismo lugar en el que estaba hace un año, pero no es la misma. Ha cambiado mucho desde aquellos días. A veces parecen muy lejanos y otros la añoranza la invade.
Le gustaría estar justo en esa fecha para reunir algunos de los capítulos de su vida, los más hermosos y poder prever los más desastrosos pero... ¿para qué? De los más hermosos salió más rica, más persona, se reconoció y se quiso y los momentos más desastrosos eran inevitables.
¿Arrepentimiento? Ninguno. ¿Añoranza? Un poco. Soñaba con que el viento, ese que acompaña también al árbol solitario, le arropara y acariciara la piel, que fueran sus manos. Aunque hoy la brisa no recuerda esa caricia; hoy la brisa le habla de ella, de lo que es y está consiguiendo ser.
¿Se cambiaría por esa mujer de hace un año?
Mira el paisaje plano, amarillo, a veces salteado de motas verdes. No parpadea, su pensamiento se evade un segundo mirando de nuevo, un año más, el horizonte árido, hermoso y único. Mueve la cabeza decidida y resuelve que volver no tendría sentido, que lo bueno seria genial revivirlo, lo malo mejor dejarlo atrás. Rebobinar no cambiaría las cosas. No, definitivamente no está dispuesta a volver a ser esa mujer. Debe hacer borrón y cuenta nueva, avanzar siempre hacia delante, a trompicones, con lágrimas y risas pero avanzando hacia lo que siempre quiso ser; una persona plena. Aun le quedan muchos años, muchos días como ese.
Cierra los ojos.
Aspira y reconoce el olor a jara y a tomillo.
Vuelve a mirar. Bajo ese mismo cielo, mirando el mismo paisaje, pronuncia su nombre pero ya no significa lo mismo.