Siguiendo las rutinas anuales (navidad, rebajas, semana santa…) ha llegado una que siempre nos alegra un poco. Es en los grandes almacenes (dentro de poco abiertos las 24 horas) donde dan el pistoletazo de salida con su “Ya es primavera”. Con esa señal, debemos tener la sangre alterada, los índices de polen se vuelven locos, las amapolas invaden los laterales de las carreteras, el sol brilla y las terrazas surgen como setas, así, sin avisar. Claro que, mientras en el hemisferio norte la gente comienza a despojarse de las capas de cebolleta curtida por el invierno y a lucir cuerpo lorceño, en el hemisferio sur todo va oscureciéndose, enfriándose y los cuerpos se cubren. En este caso no existe globalización aunque al ritmo que llevamos de cargarnos el planeta, dentro de unos años solo tendremos una estación para todos: achicharramiento.
Pero bueno, lo dicho, Madrid está de primavera. Sobre el manto de polución se ve un azul claro que invita a… tomarse unas cervecitas frías mientras ves pasar el tiempo con la frase mental de “esto es vida” exhalando un profundo suspiro.
Este viernes sin ir más lejos disfrutaba de una cañita con limón en una terraza en el centro de Madrid. Mesas con guiris colorados (¿vienen así de serie?), un grupo de rumanos tocando el acordeón, una guitarra… todo un mundo idílico que choca con lo que pasaba dentro del bar que regentaba esa terraza. En un momento entré dentro para liberarme del exceso de líquido (una que es fina) y mientras pedía al camarero –camisa abierta hasta el ombligo, él, claro- la llave del baño de señoras, observé lo que había allí entre desconcertada y sorprendida, con la sensación de haber entrado en el sitio equivocado.
Me di cuenta de esos dos mundos que conviven a escasos metros, la diferencia entre el exterior y el interior. Fuera, el relajo, la despreocupación, el turismo, las conversaciones de amigos; dentro los hombres curtidos que seguro son fijos en esa barra, jugadores de máquinas tragaperras y puros pegados a los labios, hombres solos con copas de licor… vamos, lo que es en si un bar de toa la vida. Salí pensando en ello, en lo que cambia una sensación solo con cruzar un umbral.
La razón de los devaneos que escribo es por una manía que tengo de analizar esas situaciones que, de puro normales, nos pasan desapercibidas. Reconozco también que me gusta encontrarme con esas cosas que evitan las rutinas y voy con los ojos bien abiertos para encontrar, en la calle de siempre, a la misma hora de siempre, aquello en lo que nunca me había fijado.
Y a veces surge la sorpresa.
Para ir a mi trabajo suelo pasar por la misma calle todos los días, veo edificios muy antiguos protegidos por mallas de seguridad, ese piso que están rehabilitando porque hace unos meses se quemó entero, una guitarrería, la frutería de los hindús, la tienda de disfraces, la del comercio justo, a veces unas botas, o unas zapatillas colgadas en un cable de luz, un contenedor de obras lleno de libros… lo que se llamaría flora urbana propia de una ciudad como el Madrid del que estoy enamorada.
Desde hace unas semanas hay un balcón que se lleva siempre todas miradas, no por que esté lleno de flores o plantas, no. De pronto un día, el balcón tenía atado un folio en el que se podía leer claramente un escueto ¡Hola! y una cara sonriente. Imagino que la gente que pase por allí, hará como que no lo ve, o lo ignorará o lo que es más triste, ni se percatarán de su existencia. Por mi naturaleza curiosa me paré unos segundos para verlo y sorprenderme una vez más de la espontaneidad de la gente.
Pensé que era una anécdota más, como si fuera una apuesta de alguien o un simple despiste. Pero esta semana ha cambiado el cartel, ahora hay dos folios pintados a mano y en el que se lee un Sonríe y en el otro dice Tenemos dos orejas y una sola boca para escuchar el doble y hablar la mitad. Si os parece increíble ahí va la foto de prueba.
Y me pregunto ¿quién necesitará colgar tan especiales carteles publicitarios? ¿Qué querrá conseguir con eso? ¿Será algún tipo de cadena de favores? Hasta ahora he visto pancartas en balcones quejándose por alguna cosa (ruido en los bares, por la construcción de una carretera…) o bien diciéndonos Otro mundo es posible, Nunca mais, No a la guerra,… pero esto es diferente, como más personal y directo.
¿Y si nos diera a todos por colgar ese tipo de frases en las ventanas? ¿Puede que sea influencia del mundo bloguero? Si, hombre, esta persona no tiene internet pero quiere hacer llegar al mundo su mensaje y no se le ha ocurrido mejor cosa que colgar sus pensamientos e impulsos en el balcón.
Qué de locos deliciosos hay por el mundo. Gente que es capaz de romper la norma no escrita de no salirse del umbral establecido y lo hace de esa manera tan sencilla y con una inocencia increíble.
No tengo idea de las pretensiones de esta persona, lo que sé es que si toda la gente que pasa por ahí, al ver el cartel, sonríe, habrá merecido la pena. Conmigo ya lo ha conseguido.