Viajes con poco glamour




Madrid-Barcelona un sábado cualquiera.

Después de superar, o dejar pasar un episodio de angustia en la estación de Avenida de América (no supero el trauma de pasadas despedidas y encuentros), me acoplo en mi sitio y oigo la voz monótona, de resignación del conductor donde nos indica que tenemos delante 8 horas de viaje Madrid-Medinaceli-Zaragoza-Barcelona “Les recuerdo que es obligatorio el uso de cinturón de seguridad y no se permite quitarse los zapatos, no pueden ir ustedes descalzos” He estado a punto de pedir melorepita por si ha sido una alucinación pero me he quedado con las ganas y he escondido mis pinrelillos cubiertos por unas escasas sandalias por si acaso.

Mi asiento no está mal, es el número 11 ventanilla. A mi lado un chico joven con cara de sospechoso, bigote de mariachi y movimientos que le delatan como un sufridor de hemorroides en silencio. Eso o que realmente lleva una bomba en los pantalones. El caso es que ha estado sentado a mi lado 3 nanosegundos tras lo cual se ha ido hacia atrás. Habrá encontrado un sitio mejor. Bien, viajo sola.

Nunca realizo actividades sociales en los autobuses o transportes públicos, no me considero una persona charlatana y mucho menos en un viaje. Excepto un escueto “Hola, ¿dónde está el puñetero número de asiento?” no suelo abrir más la boca, en eso mi mp3 es mi aliado (¡Viva la tecnología!).

El caso es que en estos viajes largos me da por pensar. Cuando ya el culo se acartona, la cabeza se embota, las ideas delirantes surgen. Si no, al tiempo.

Las áreas de servicio donde paran los autobuses son pequeñas ciudades con su propia idiosincrasia. Allí trabajan seres con cara de estar hasta las narices de aguantar a mogollones de clientes cíclicos. Funcionan como el perro de Pavlov, se activan cada media hora aproximadamente “Hola. Si, el baño al fondo a la derecha. No, no tengo Nesquik solo Colacao. Si, la tortilla es de hoy…

Siempre me ha dado por pensar qué tipo de gente trabaja allí, imagino que serán de pueblos cercanos. O puede que tengan una micro-sociedad tras la puerta del almacén. Si es así, si es un país independiente, la economía les debe ir genial porque por una bolsa de fritos y unos chicles me han tangao 5 €. Los he pagado con una cara de gilipollas… ¿Qué harán con los beneficios? ¿Financiarán tropas subversivas?.

Dormito un poco sintiendo que mis cervicales aún se mantienen jóvenes. Cuando mi cabeza parece que va a caer irremediablemente chocando contra las rodillas, éstas hacen tope como un resorte y la levantan. Bien, aún no me he muerto.

Estamos en Zaragoza y tengo nuevo compañero. Mi mariachi ha seguido con sus movimientos extraños, quizá ha matado al que iba en su asiento. He ganado en el cambio, al menos en volumen. Dos semi king size sentados en los asientos 11 y 12, una escribiendo las memorias del viajero sin glamour y el otro con sudokus, esos ejercicios inventados por el mismísimo diablo.

Estos viajes tan largos y variopintos están vetados a la gente con glamour como por ejemplo Victoria Beckham (y está bien, ya que es del todo sabido que la mezcla de perfumes caros es considerada arma química), aunque he de decir que su look ha hecho mella en España. Unas 10 clones de la mujer del rubito multimillonario y pijo he contabilizado ya: pelo largo con mechas rubias estratégicamente mal peinado, gafas grandes tapando medio rostro con lo que la boca queda en el extremo inferior de la cara, anulando casi la barbilla y dando al gesto un aspecto de perdonar la vida a quien se cruza en su camino.

Estoy deseando hacer otro alto en el camino para saber si no me he quedado parapléjica y si la sangre me circula, pero creo que no habrá más paradas hasta Barcelona. Qué incómodo es todo esto...

Parece que vamos llegando. Necesito oxigenar mi cerebro porque ya comienzo a sentir que mi muslo se está fundiendo con el de mi compañero y ahora que lo miro, quedaríamos muy extraños de siameses.

3 Comentarios:

nerea dijo...

Hola!

A mi tampoco me gusta mantener conversaciones cuando estoy viajando... me gusta sentarme sola y ser antisocial... Mi problema es que en vez de mp3 tengo una radio pequeña que a los diez minutos de comenzar el viaje ya solo se oye el ruido ese horrible de niebla y me pego todo el viaje intentando sintonizar una emisora sabiendo de antemano que no lo conseguire...

Besicos!

Tamara RL dijo...

Lo que da de sí un viaje. Yo tampoco socializo, como Nerea, como tú. Es más, si puedo, pido asiento individual para evitar toda conversación. Los viajes en autobús son agotadores, eternos, sólo soportables si el paisaje es bueno. Otra cosa son los viajes en tren, los mejores.
Me ha gustado tu reflexión sobre la vida de los que trabajan en esas estaciones de servicio donde te clavan a traición en el bolsillo, porque yo me he hecho muchas veces esas mismas preguntas...:-D
Me he reído mucho leyéndote, guapa...y te animo a que nos sigas contándote todo lo que viviste al llegar a destino...jeje.

S.Grazalema dijo...

jaaaaaaaaaaaaaaaaaaajajajajajajajajajajajaja. Está genial :DD y lo mejor d todo es q es cierto como la vida misma!!!!! Fantástico xDD

 

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