Me encontraba escribiendo un poema en el silencio de la noche de mi
pueblecillo y me dio por pensar en los
musos. Si, lo sé, solo existen las musas y no los
musos, pero si la ministra puede decir
miembras y miembros me adjudico el derecho de poder decir musas e inventar
musos.
El caso es que comencé a investigar quienes son estos seres y me encontré con la mitología, la primera novela de enredos tipo
Cristal inventada por el hombre ¿Qué no? Anda que ahí no hay celos, adulterio, asesinatos… si
Globomedia se pusiera a ello tenía miles de series de televisión con las que forrarse -más- (
Cronos el bulímico o
En el Olimpo el incesto no es delito).
Las musas son, que lo sepáis, nueve mujeres casi siempre representadas con túnicas largas, vaporosas, con poses no muy cómodas, algunas entradas en carnes y con la mirada dulce. Sus orígenes son confusos por que se dice, se comenta, se rumorea que tienen varios padres y madres aunque la versión más extendida es que son hijas nacidas de nueve noches de amor entre
Zeus, el dios de todos los dioses y de
Mnemósine, la diosa de la memoria.
Los nombres son muy sugerentes como los de todos los dioses antiguos:
Calíope musa de la poesía épica

Clío de la historia,
Erato de la lírica y la poesía amorosa,
Euterpe de la música y la poesía lírica,
Melpómene de la tragedia,

Polimnia de la poesía sacra y la geometría,
Talía de la comedia,
Terpsícore de la danza y
Urania de la astronomía y la astrología.

Y claro, me dio por imaginar cómo podrían ser los
musos. La primera
imagen que me vino fue un hombretón vestido con esas túnicas vaporosas de colores fuertes, en poses poco cómodas y con la mirada perdida... y como que a mi esa imagen me pone poco, vamos que con un muso así no podría escribir ni un mal verso. Entonces, ¿cómo sería mi muso? No es que lo necesite para escribir poemas o historias, es más, muchas de ellas provienen de momentos, situaciones y retazos de conversaciones que me pasan al lado, pero si que creo que el muso está ahí, en mi espalda, guiando mi mano y marcando las frases en su justa medida. También es cierto que cuando recreo situaciones de
sensualidad hay, ahí si, protagonistas reales. El se siente celoso pero me comprende, el muy truhán sabe lo que mi piel está luchando por expresar y me va señalando el camino.
Bueno, pues definitivamente y después de meditarlo unos segundos, llegué a la conclusión que mi muso es una mezcla de un
osito por lo tierno, Eduardo
Noriega por lo atractivo y
Gila por lo gracioso. Todo eso en una buena pipeta y agitado antes de usar es mi muso que me sopla las frases, me dice donde debo de poner el acento, dónde la pausa y con lo que, cuando termino de escribir, casi siempre me sorprendo del resultado.
En un momento de osado atrevimiento le he bautizado siguiendo los
cánones inexistentes de mi iglesia particular mencionando la
siguiente oración:
Te bautizo como Edugilos en el nombre de esta que quiere que le acompañes siempre en lo bueno y lo malo, en la salud y en la demencia, en la creación seria y en las locuras que surjan, para poner sesera o sal allá donde se necesite y todo esto hasta que decidas que tu valía no es reconocida por mi creación y vueles a la chepa de otra creadora que te mime más y que eso no ocurra nunca por los siglos de los siglos. Amen.
Y
diréis que me habré quedado
a gusto y me gustaría daros la razón, pero fijaros que desde que he dado vida a
Edugilos no hace más que emplazarme frente a la página en blanco,
azuzarme para que escriba y la verdad que una no tiene tanto carrete últimamente.
Pero eso si, prometo actualizar pronto y en este caso el post será más serio, en concreto el poema que ha dado lugar a esta
chorradica.
Disculpen esta locura transitoria, y ya puestos, las que vendrán.