Devaneos mentales (II)

Esta mañana he visto algo en el tren que me ha dado por pensar y reflexionar como solo a mi cabeza se le ocurre. En el vagón en el que estaba normalmente iríamos apiñados cachete con cachete y bolso con riñón pero hoy tenía la posibilidad de rascarme la nariz y de observar mejor, sin problemas.

En el espacio entre los grupos de asientos está de pié un chico alto, largo, delgado, con la cabeza chiquita. Lleva un traje de color beige que cualquier diseñador podría llamar “atardecer en Acapulco” o “marrón-kiwi en el tercer mes de maduración” pero que es un beige de toda la vida. Es lo de menos. El pantalón arrugado como si ya llevase un viaje de una hora o más sentado en otro tren, la chaqueta impoluta, ni una arruga, camisa color… en ese detalle no me fijé pero seguro que era blanca.

Tiene el pelo corto y negro, la cara alargada y delgada, ojos oscuros, mirada de hombre inquieto, nariz pequeña, normalita y debajo… una carrera de hormigas en pelotón y fila de a 1000.

Ahí mi apreciación total de esa persona cambió, lo reconozco. Son mis prejuicios a los bigotes, pero es que la cabeza de este chico pequeño en comparación del cuerpo cambia con ese bigote; se “arratona”, como si el pelo sobre el labio superior hiciera de barrera para que los dientes no acaben saliendo disparados de la boca. El caso es que, sin bigote, su cara es dulce, pero ese bigote…

Tiene un libro en la mano, gordo, con pastas azules, es como una Biblia de bolsillo, con sus hojas de papel de fumar y letra pequeña, junta. Si no hubiera visto el título hubiera pensado que ha sido el primer libro que ha cogido de la estantería “para quedar bien en el tren”, pero no, es un libro de leyes, de derecho administrativo o algo así.

Después de entretenerse con un periódico gratuito, de esos que te estampan a la entrada de las estaciones a primeras horas de la mañana, abre el libro por una página, accidentalmente, como cuando se abre un libro de citas para ver si te iluminan el día. No sé si es esa su intención, pero una frase tipo “Si el recurso se hubiera interpuesto ante el órgano que dictó el acto impugnado…” te tiene que dejar un cuerpo…

Entonces comprendí su gesto duro y su mirada de hombre inquieto parapetada por un bigote que le convierte en un hombre-ratón. Leer eso todos los días debe corromper el alma de cualquiera.

Hemos llegado a Nuevos Ministerios, él se baja, yo me bajo y mis ojos se entretienen en otro lugar, en otra persona.

Así, en mi ambiente social diario, me da por diseccionar al personal y analizarme como persona, darme cuenta lo equivocada que puedo estar o los juicios que puedo emitir sin más información que mis absurdas reglas sociales. Así somos un poco todos, un saco de ideas preconcebidas que nos hacen catalogar a la gente con la que nos cruzamos.


Para el chico-ratón que espero perdone mi atrevimiento.

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