
Vaya por delante mi admiración por ellas, esas mujeres que tan pronto te cosen un bajo, como te fríen un huevo, como cuidan a los hijos o nietos sin que un pelo de peluquería del viernes las despeine y sin que las ojeras se les noten apenas. Y no lo digo en tono irónico, que no, esto es un escrito sobre mi admiración y mi negación vital en ser como ellas. Desisto, lo intento pero desisto
Soy, hoy por hoy, un animal solitario. Tengo mi guarida, mi leonera particular, que es donde me refugio día a día de las inclemencias del mundo y me va bien. Los viernes mi casa es un desbarajuste de papeles por doquier, algún plato, miguillas, un vaso medio lleno sobre la mesa, más papeles, libros y discos desperdigados por el salón. Agradezco el tamaño de mi apartamento ya que a superficies más grandes caos más grande con lo cual, mi pequeño caos tiene límites controlables.
Es el sábado el día de zafarrancho de combate. Recojo, limpio, adecento y… me canso. Me detengo y miro a mi alrededor. Si consigo ver la mesa del salón y sentir que los suelos no son rugosos sino lisos y algo brillantes, respiro con alivio y descanso, negándome a mirar hacia la pila de ropa sin planchar. Me confieso persona de plancha de supervivencia, es decir, se plancha cuando se necesita y se necesita cuando… no hay nada planchado.
Si, se puede decir que soy un total desastre, pero me va bien conmigo misma, me acepto, me tolero y no llego a la crisis. Y si alguna vez llega, que a veces llega la muy…, entonces limpio como si me fuera la vida en ello y en horas vuelvo a mi ser natural, el de mi particular caos.
Pero por necesidades personales he tenido que coger por banda el puesto de ama de casa vacante. Era todito para mi, así, sin anestesia ni nada , y he comprobado científicamente que no es lo mío.
Eso de tener una casa a tu merced donde se limpia, lava, plancha, compra, cocina, asiste, y que ¡oh dios! se desayuna, se come y ¡hasta se cena! todos los días ha sido toda una avalancha de tareas que he esquivado durante años hasta hoy. Y lo he hecho, lo estoy haciendo, todos los días porque hay que hacerlo, porque es así, porque en mi casa es como el respirar y porque hay más gente que vive bajo el mismo techo.
Llevo días en los que las horas parecen de 15 minutos, las mañanas se acortan de una manera vertiginosa y hay una serie de tareas que se vuelven tiránicas para alguien como yo. Por ejemplo en el tema de las comidas.
Siempre me he defendido haciendo algún guiso de vez en cuando para subsistir y que la anemia no me ataque. Las épocas de alimentación equilibrada suelen comenzar todos los lunes que inicio dieta; 5 comidas con sus correspondientes ensaladas, pescados blancos, pechugas a la plancha y frutas. Esta alimentación acaba siempre los martes a la hora de comer. Cosas de los ciclos y de que cuando oigo la palabra régimen me entra un hambre…
El caso es que ahora tengo que hacer comidas sanas y completas léase; cocidos, patatas guisadas, arroces, pasta de vez en cuando. Hasta ahí todo bien, se me resiste el puré de verduras pero no se me da del todo mal. Ahora vienen los segundos platos en los que, excepción hecha de los filetes empanaos de toalavida que no dan más problema que las primeras 500 primeras veces, se complican un poco más como por ejemplo los guisos de pollo o de conejo.
Ingredientes:
- Cebolla, pimiento rojo y pimiento verde (para elaborar una buena ikurriña pochada)
- Ajos, sal, un poco de tomillo y…
- pollo / conejo troceado
Pues si, lo confieso, he tenido serios problemas con esos animales domésticos. Siempre pido al carnicero que me lo trocee para guisarlo peeeeeeero, el otro día me lo trajeron enterito, así, con toda su anatomía perfectamente completa. Solo de verlo comencé a sudar porque ni en la escuela ni mucho menos en la facultad me enseñaron anatomía de animales de consumo humano con lo que no sabía muy bien cómo atacar a esos pobres y completamente desnudos animalitos.

Cuento con mi buena voluntad y con mi consabida cabezonería. Repetí mentalmente “
¡ánimo que tu puedes!” y, machete en mano, empecé mi labor anatómico-forense con ese bloque de carne y huesos.
Inenarrable chicos. Hubo un momento en el que parecía la carnicera de
Milwaukee machete en mano y un precioso cuadro rojo impresionista en pared, mandil y cara. Eso sí, conseguí un pollo y un conejo de 3 raciones cada uno.
Sigo pensando en cómo no se les ha ocurrido a nuestros próceres de la educación incluir una asignatura en la que se enseñen cosas como coser botones, cambiar enchufes, poner apliques en el baño, utilizar el maldito taladro e, insisto de nuevo, anatomía de animales de corral. Nos ahorraríamos muchos sofocos, de verdad.
En fin, el caso es que he aprendido mucho estas semanas de mary por horas. He estado viviendo casi tres meses en el vecindario de mis padres donde regreso solo por unos días como “
visita” y me los he encontrado a todos más viejitos y achacosos. Antes hablaban de los hijos, de las otras vecinas, del tiempo y de las épocas de los cultivos de los tomates pero ahora sales a la calle y si te encuentras con alguien te narra sus dolencias, medicinas y las pruebas hospitalarias que llevan en el cuerpo (por cierto ¿alguien sabe la diferencia entre un
scane y una resonancia?).
Sin ir mas lejos, el otro día me encontraba guisando un pollo (el segundo puesto en descuartizamiento conseguí ese día). Tenía varias cosas al fuego, me sentía como el Arguiñano controlando todas las ollas y sartenes a la vez. Salí a la huertecilla que tienen mis padres detrás de la casa a coger un poco de perejil. En eso estaba cuando me encontré con mi vecina (llamémosla María) y cometí el craso error de preguntarle por su marido al que veo andar dificultosamente con unas muletas. Ella que se ve que tenía ganas de hablar, comenzó a narrar las pruebas y molestias que tenía el buen señor. Reconozco que no la estaba escuchando, solo tenía en la mente las pechugas de pollo que tenía al fuego y en cómo cortar a la buena señora. Con toda la amabilidad del mundo me descubrí diciendo lo siguiente:
- ¡Ay María hija! ¡Te tengo que dejar que me he dejado la sartén al fuego!!
Fue escucharme decir esa frase y entrar en shock. No exagero. Sentí que salía de mi cuerpo y me veía con la bata y el mandil liada con cuatro fuegos y pendiente de que acabara la lavadora mientras tenia la aspiradora puesta y...
Fue una experiencia de esas extrasensorial en la que no creía lo que estaba viendo y menos lo que acababa de pronunciar. Nunca en la vida pensé en que esa frase saliera de mi boca pero así fue. Aún ando recuperándome.
Se que regresaré a mis dominios pronto y mi ser natural saldrá de nuevo, pero estoy tocada por el espíritu de la
mary que llevo dentro. Estoy marcada y llena de trucos de cocina, formas de dejar los azulejos más brillantes y la ropa mucho más blanca.
Aunque no llegará la sangre al río. Ser
maru y yo son conceptos incompatibles y creo que soy incorruptible en ese punto.
Escribo esto porque me sienta bien reírme un poco de mi misma, suelta mucho lastre, así que mis devaneos seguirán surgiendo. Anden con cuidado y si necesitan algún consejo sobre el hogar no duden en preguntarlo (¡y luego me lo cuentan!).